Parece que el clima ya está cambiando: el calor ya no está tan pesado y la humedad, a pesar del diluvio del martes en la noche, estuvo soportable. El día de hoy comencé ya a aumentar la distancia con miras al medio maratón de noviembre; estamos a menos de dos meses.
Cuando uno piensa en invertebrados inteligentes, inmediatamente piensa en los pulpos. Pero hay otros moluscos que también lo son.
Muchos expertos sostienen que una de las presiones selectivas que impulsó la inteligencia en los cefalópodos fue la pérdida de la concha protectora: al quedar desprovistos de armadura, debieron volverse sumamente astutos para sobrevivir a los depredadores. Pero resulta que no son los únicos moluscos que han prescindido de la concha. Los gasterópodos representan la clase más diversa de los moluscos: se caracterizan por presentar una cabeza diferenciada, una masa visceral dorsal y un pie muscular ventral (de donde deriva su nombre científico). Solemos asociar a los gasterópodos con los caracoles con concha, pero existen tipos enteros que la han reducido a una lámina interna vestigial o la han perdido por completo: las «babosas». En México, la palabra baboso la usamos para describir algo blando o viscoso, pero también como sinónimo popular de torpeza mental. Por fortuna, al animal del que te voy a platicar se le conoce comúnmente con un nombre mucho más conveniente: liebre de mar. Pertenece a la familia Aplysiidae, moluscos corpulentos con una concha interna vestigial. Una especie muy común en el golfo de California es la liebre de mar de California (Aplysia californica), habitual en charcas de marea, zonas intermareales y mantos de algas.
La primera línea de defensa de una liebre de mar consiste en retraer bruscamente el sifón y las branquias ante cualquier contacto. Sin embargo, en el entorno donde habita está sometida a una estimulación mecánica constante: el batir de las olas, los cambios de marea o el impacto de granos de arena suspendidos. La liebre muestra habituación hacia estos estímulos mecánicos inocuos: aprende a dejar de retraer sus órganos ante ellos para no desgastar energía inútilmente. En cambio, si se le aplica un estímulo negativo real, despliega de inmediato el reflejo defensivo, ajustando la magnitud y duración de la respuesta a la intensidad del peligro.
Esta plasticidad refleja se aprovechó en experimentos clásicos de neurobiología y condicionamiento. Cuando se asocia repetidamente un toque suave en el sifón (estímulo neutro) con un choque nocivo en la cola (estímulo aversivo), la liebre aprende la relación. Al cabo de pocas repeticiones, basta rozar levemente el sifón para que repliegue todo el cuerpo como si estuviera recibiendo un fuerte ataque: demuestra una clara capacidad de anticipación y aprendizaje asociativo.
En otras investigaciones se comprobó que modifican sus patrones alimenticios con base en el éxito obtenido: si la orientación de sus movimientos radulares produce una ingestión más eficiente de alimento, esa conducta motora se refuerza; si la maniobra resulta ineficiente, se inhibe. Es decir, ajustan activamente su conducta por condicionamiento operante.
Pero además se descubrió un fenómeno verdaderamente asombroso: a las liebres de mar que habían sido condicionadas a responder al roce del sifón se les extrajo ARN del sistema nervioso y se les inyectó a liebres completamente ingenuas, que jamás habían sido sometidas al experimento. ¡Los animales receptores desplegaron de inmediato la respuesta defensiva ante el simple toque del sifón! Un fenómeno de transferencia bioquímica de memoria análogo al que vimos con la memoria olfativa de las mariposas, pero manifestado en un reflejo táctil.
Así que las babosas no son babosas. Bueno, las liebres marinas no lo son.
Pero antes de pasar a los pulpos, déjame platicarte de otro molusco, pariente de los pulpos, también cefalópodo. Platicamos algo sobre ellas en la parte de comunicación corporal: las sepias.
Cuando hablamos de ellas mencionamos que no habitan en el golfo de California, pero en Europa son comunes. La mejor estudiada es la sepia común (Sepia officinalis).
En uno de los estudios, en el tanque donde estaba la sepia se introducía dentro de un tubo de vidrio o acrílico transparente un camarón, una presa atractiva para la sepia. Esto disparaba el comportamiento de caza: el lanzamiento balístico de sus tentáculos, que chocaban con la superficie del tubo. Después de varios intentos la sepia dejaba de intentar cazar al camarón. Se podría pensar que era fatiga, pero si se extraía el camarón del tubo de inmediato, la sepia lo cazaba con sus tentáculos. Con esto se mostraba que la sepia aprendía que ante la barrera física no tenía caso perder energía. Pero además se vio que este aprendizaje se guardaba en la memoria a corto y largo plazo: al repetir la prueba días después, al reconocer la presencia de la barrera física invisible, inhibía el comportamiento de caza.
En otras pruebas, en los estanques se ubicaban dos compartimentos distintos, cada uno en un lugar específico, separado del otro. En uno se ponían cangrejos, el alimento preferido de las sepias, pero los cangrejos se reponían después de periodos largos, de varias horas. En el otro recipiente se ponían camarones, del agrado de las sepias, pero no tanto como los cangrejos; sin embargo, en este caso los camarones se reponían en tiempos cortos, de minutos. Si las sepias acababan de terminar con el cangrejo, se dirigían a los recipientes del camarón; aprendieron que ahí sería más frecuente encontrar alimento, pero cuando pasaban unas horas se dirigían a los recipientes de los cangrejos; sabían que, si no estaba el cangrejo, no faltaría mucho para que lo hubiera. Con esto se vio que las sepias podían manejar muy bien qué era lo que había en cada recipiente, dónde estaba el recipiente y cuándo se reabastecía.
En otro experimento, lo que se hizo fue poner en el estanque de la sepia recipientes transparentes con puertas con símbolos fáciles de distinguir. En uno, con un triángulo en la puerta, se colocaba un pedazo de camarón congelado, un alimento aceptable, pero no de los preferidos; el alimento se reponía inmediatamente. En el segundo recipiente, con un círculo en la puerta, se colocaba un camarón vivo, de los alimentos preferidos, pero aquí el alimento se reponía cada 50 a 130 segundos. El tercer recipiente, con un cuadrado, era de control: ni se abría la puerta ni se ponía alimento. Pero había un truco: si la sepia abría el recipiente con el triángulo, se bloqueaba la puerta con el círculo y se retiraba el camarón. Así que la sepia debía decidir si quería algo rápido, poco satisfactorio, o reprimir su hambre un momento para comer algo muy satisfactorio. Las sepias aprendieron a reprimir su impulso y a esperar a que el camarón vivo estuviera disponible. Pero hay algo curioso: esta prueba se ha hecho con niños humanos, chimpancés y loros grises. Se le llama la prueba de la golosina. Pues en los niños, los chimpancés y los loros se presenta un comportamiento de distracción: en los tres casos evitaban mirar el contenedor con la recompensa rápida para evitar ceder al antojo. Lo mismo se observó en las sepias: mientras se cumplía el tiempo para acceder al premio mayor, orientaban sus cuerpos para que el recipiente con el camarón congelado no estuviera en su campo visual.
¿Qué pasaba si se cambiaban las puertas en los recipientes? Después de unas pruebas, las sepias aprendían el cambio; pero las sepias que habían mostrado poder esperar periodos de tiempo más largos para tener la mayor recompensa aprendían el cambio más rápido.
Más listo es quien reaprende rápido que quien solo aprende.
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