A partir de mi lesión de la pantorrilla he cambiado mucho mi forma de correr. Antes de eso, en lo que más me fijaba era en el tiempo que hacía en cada corrida, por lo que checaba con más regularidad en el reloj era el ritmo, los minutos que me tomaba recorrer cada kilómetro. Tenía una alarma que me avisaba si mi frecuencia cardíaca llegaba a estar arriba de 155 pulsaciones/minuto, para asegurarme de no excederme.
Ahora ya no me preocupan los tiempos que hago al correr, me gusta más disfrutar el momento. Lo que uso es una alarma que me dice cuando mi FC está por debajo de 132 y otra que me avisa cuando paso de 142. Esa es mi zona de confort, ahí disfruto más la corrida. La verdad, divago mejor.
Hoy seguí divagando en el lenguaje de los animales, la semana pasada comentaba aquí que, con lo que hemos aprendido de la capacidad de comunicación de nuestros parientes más cercanos, vemos que hay características del lenguaje que tienen una antigüedad de cerca de 13 millones de años.
Pero, ¿habrá bases del lenguaje que sean aún más antiguas que eso?
Digo, ya mencionamos aquí que hay similitudes entre los cantos de las aves y nuestro lenguaje. Esto se puede deber a una convergencia evolutiva (animales muy distintos con presiones similares desarrollan una solución similar) o a una base genética similar.
De convergencia evolutiva hay muchos ejemplos; probablemente el más sorprendente es el de los ojos de los vertebrados y los cefalópodos, de lo que ya platicamos en otra ocasión.
¿Habrá una convergencia evolutiva entre el canto de las aves y nuestro lenguaje o una base genética común?
Es una buena pregunta, las aves y nosotros nos separamos, evolutivamente hablando, hace unos 320 millones de años.
Pues parece que, al menos en parte, hay una base en común.
En los noventa, estudiando a una familia del Reino Unido, conocida como la “Familia KE”, cuyos miembros presentaban trastornos relacionados con el lenguaje. Sus trastornos eran dispraxia verbal, una discapacidad para coordinar los movimientos musculares necesarios para pronunciar palabras, y tenían problemas cognitivos que les dificultaban el procesamiento de reglas gramaticales y de sintaxis.
Se encontró que los miembros de esta familia tenían una mutación en un gen, llamado FOXP2; al que desde entonces le comenzaron a decir “el gen del lenguaje”. Este es un gen regulador, actúa sobre otros genes durante el desarrollo del cerebro.
Pero lo interesante es que este gen se encuentra en todos los vertebrados con mandíbulas. No solo eso, sino que la secuencia del gen es muy similar en aves, reptiles y mamíferos. El que esta secuencia se haya mantenido en animales que divergieron hace cientos de millones de años es indicativo de que debe cumplir funciones muy importantes.
Bueno, lo primero sería ver si el FOXP2 afecta al lenguaje de otros animales. Con las herramientas genéticas actuales fue fácil verlo.
En estudios en los que se disminuyó la actividad de este gen en el pinzón cebra (Taeniopygia guttata) se encontró que perdía la capacidad para aprender el canto. Perdía la capacidad de controlar la siringe, el equivalente a la faringe de mamíferos; también se afectaba la capacidad de imitar el canto de los adultos.
En murciélagos se han encontrado efectos similares, pero afectando en especial a sus vocalizaciones para ecolocalización.
¿Pero qué pasa con todos los otros vertebrados que no tienen un lenguaje sonoro?, ¿Qué hace el FOXP2 en esos animales?
Bueno, en estudios del lagarto Anolis carolinensis y en cocodrilos se ha visto que la disminución de la actividad del FOXP2 está ligada a la estructuración de redes neuronales responsables de la ejecución de secuencias motoras rítmicas y de la propiocepción, la capacidad de identificar la posición y el movimiento de las distintas partes del cuerpo.
¿Qué podemos concluir de esto?
Pues cuando animales tan distintos, como las aves y los mamíferos, que divergieron hace unos 320 millones de años, se encontraron con la necesidad de tener un control muy fino de sus aparatos vocales para tener una comunicación acústica eficiente, recurrieron a un mecanismo genético con el que ya contaban, la red regulatoria del FOXP2.
Así que resulta que las bases del lenguaje son mucho más antiguas de lo que podrías haber pensado.