Carrerita de viernes 2 de octubre
Este martes 29 de septiembre nos cayó en Guaymas el huracán Polo. Afortunadamente, fuera de algunos daños materiales, no hubo un saldo de heridos o muertos, así que podemos decir que nos fue muy bien. Pero, obviamente, yo no pude ir a correr ese día, así que solo tuve la carrerita del viernes, que, como parte del entrenamiento para el medio maratón, fue de 16.25 km.
Pero, obviamente, en una carrera que me tomó más de dos horas, tuve bastante tiempo para divagar y, dado que no es algo común —aunque ya no es algo extraordinario— que nos pegue un huracán en Guaymas, pues acabé divagando sobre eso.
La primera pregunta que me vino a la mente fue: ¿por qué tantos huracanes este año?
Probablemente te preguntes: «¿Muchos huracanes? Polo fue el primero en tocar tierra y fue a finales de septiembre, y en el Atlántico, por primera vez desde 1914, llegamos a finales de octubre sin un solo huracán».
Bueno, eso es algo muy engañoso. Hay que recordar que a los huracanes se les asigna nombre según su aparición en orden alfabético. El primer huracán fue Amanda, en junio; actualmente tenemos frente a las costas del Pacífico mexicano a Rachel. Esto muestra que ha habido 17 depresiones tropicales que llegaron como mínimo a tormenta tropical; la mayor parte llegaron a huracanes. Por suerte para México, solo Polo agarró trayectoria tierra adentro, por una región donde no es común que lo hagan; por mala suerte, fue el huracán más fuerte de la temporada. Así que sí ha habido muchos huracanes. Así que vuelvo a la pregunta: ¿por qué?
Bueno, pues por el Niño. Este año es un súper Niño: las aguas del Pacífico mexicano registraron anomalías térmicas extraordinarias de +2.0 °C a +2.5 °C por encima de lo normal. Este calor es el combustible para que se generen y se intensifiquen las tormentas; se alimentan de la masiva cantidad de energía y vapor de agua. Además, el Niño elimina los vientos en las capas altas de la atmósfera que normalmente detienen el crecimiento de las tormentas. Sin este freno se dan las condiciones para que más depresiones lleguen hasta huracanes y tengamos monstruos como Polo.
No, no se me olvidó que el Atlántico ha estado extremadamente tranquilo. Eso es también culpa del Niño, pero en el Atlántico sus efectos son distintos. El inmenso calor liberado en el Pacífico altera los patrones globales del viento. En el Atlántico los vientos de capas superiores se intensifican y esto detiene el crecimiento de las tormentas.
En resumen: con el Niño tenemos muchos huracanes en el Pacífico y muy pocos en el Atlántico.
¿Qué nos espera para el resto del 2026 y para el 2027?
Bueno, pues el pico de calentamiento de las aguas del Pacífico se dará en octubre, y el agua tiene mucha capacidad calorífica, por lo que tardará en enfriarse. Esto causará que la corriente en chorro subtropical se mueva al sur, con lo que los frentes polares húmedos, que normalmente bloquea, ingresarán hacia Sonora. Esto se traducirá en lluvias invernales, heladas y tormentas frías más frecuentes durante los meses de noviembre a febrero. El pronóstico es que vamos a tener más de 55 frentes fríos este año.
El enfriamiento por el invierno será muy paulatino, así que cuando llegue la primavera en 2027 aún las temperaturas del agua serán superiores al promedio, por lo que tendremos fuertes olas de calor, probablemente con temperaturas récord; de hecho, el pronóstico es que 2027 será el año más caliente en el registro histórico.
La humedad del invierno permitirá el crecimiento de mucha maleza, la que se secará con las olas de calor secas de la primavera. ¿Qué pasa cuando se tiene maleza seca y mucho calor? Así es: tendremos la probabilidad de que haya muchos incendios.
Así que más vale prevenir: vamos a tener un fin de 2026 e inicio de 2027 bastante moviditos.
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